Mercy, el nuevo thriller de ciencia ficción protagonizado por Chris Pratt y Rebecca Ferguson, llega a los cines de Brasil este jueves 22 de enero de 2026 como uno de los grandes estrenos del mes. Sin embargo, la producción que prometía una reflexión tensa sobre justicia e inteligencia artificial termina convirtiéndose en una verdadera prueba de resistencia para el espectador. Ambientada en un futuro cercano en Los Ángeles, la película sigue al detective Chris Raven (Pratt), quien despierta atado a una silla eléctrica y tiene solo 90 minutos para probar su inocencia ante un juez de IA interpretado por Ferguson.
La premisa, que podría dar lugar a un debate fascinante sobre ética y tecnología, se pierde en una ejecución confusa y lenta. Debido a una dirección sin vigor de Timur Bekmambetov y un guion lleno de conveniencias, el largometraje transforma una idea potente en una experiencia tediosa. El reloj en cuenta regresiva, que debería generar suspenso, termina siendo un recordatorio constante del tiempo que aún falta para que la película termine, frustrando las expectativas del público brasileño que busca entretenimiento de calidad a principios de año.
Un futuro distópico mal explorado
En el universo de Mercy, el sistema judicial adoptó la inteligencia artificial para agilizar procesos, presumiendo la culpa de los acusados hasta que demuestren lo contrario. Con la promesa de ser un digno compañero de clásicos como Minority Report, la película, sin embargo, no desarrolla sus cuestiones morales con la profundidad necesaria. En su lugar, la trama se apoya en lagunas en la memoria del protagonista y en un problema con la bebida, elementos que suenan más como artilugios que como drama genuino.
Una de las decisiones más cuestionables es tener a una actriz de carne y hueso, Rebecca Ferguson, interpretando a la jueza de IA. La decisión, que podría haber sido audaz, resulta en una actuación desprovista de emoción, haciendo que el público sienta como si estuviera en una interminable llamada con un operador robótico. Mientras tanto, Chris Pratt intenta cargar la película solo, pero su personaje carece de capas, limitándose a reaccionar a pantallas e información que aparecen en su campo de visión.
A pesar de la participación de la luchadora Kali Reis como una agente que intenta ayudar a Raven desde afuera, la mayor parte de la acción se ve a través de videollamadas y grabaciones de bodycam. De esta forma, el espectador queda tan confinado como el protagonista, observando la investigación desarrollarse en una multiplicidad de pantallas dentro de la sala vacía. Al final, Mercy deja la sensación de una oportunidad perdida, una película que podría hablar sobre los peligros de la automatización de la justicia, pero que prefiere conformarse con un suspenso superficial y poco envolvente.